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Los lazos familiares: una necesidad para la supervivencia

17 Sep 2015

 

Llámalo clan, llámalo red, llámalo tribu, llámalo familia: como quiera que lo llames, quienquiera que seas, necesitas una.  

Jane Howard

 

El valor de la familia y el rol que desempeña como agente socializador y protector son elementos comunes a todas las culturas. Los miembros adultos guían a los menores para que aprendan a tomar decisiones que favorezcan su desarrollo, a elegir qué beber o qué comer para no enfermar, a dormir a la hora y durante el tiempo que se considera saludable o a vestirnos debidamente para protegernos del frío o zafarnos del calor.

 

El núcleo familiar se convierte en un elemento clave para la supervivencia del organismo mientras no somos capaces de valernos por nosotros mismos. Sin embargo, la importancia de la familia trasciende a la cobertura de esas necesidades fisiológicas: es también el elemento del que adoptaremos el sistema de creencias con el que daremos sentido a nuestras vivencias.

 

Cada vez que elegimos descartar una creencia y adoptar una nueva, re-inventamos el propio sistema de “guía para la vida”. Y cada vez que hacemos esto, re-inventamos la forma en la que vivimos nuestra vida. Pero modificar el sistema de creencias que hemos heredado tiene un precio. En cierto modo, la familia pasa a ser un factor limitador o facilitador de la salud psicológica y del modo en que nos enfrentamos a la vida.

 

Parece lógico pensar que es más práctico crear un sistema guía para la vida que queremos y no para la que quiere nuestra familia, sin sentimientos de culpa o desvalorización. Pero ¿pero por qué resulta tan difícil llevarlo a cabo? Con nuestros familiares más cercanos establecemos un vínculo atávico que preserva la supervivencia psicológica y satisface la necesidad de ser amado, visto, reconocido y aceptado en el clan… en pocas palabras: la necesidad de existir.

 

Bajo el discurso de “la sangre tira mucho” renunciamos a vivir en coherencia con lo que deseamos y a ser dueños de nuestra vida en pro de que los lazos familiares no se deterioren o terminen rompiéndose, o lo que es lo mismo, en pro de seguir formando parte del clan al que le “debemos” la existencia. Si en relación con nuestra experiencia psíquica lo que intentamos cambiar es lo que nos es inconveniente, innecesario o desagradable, con frecuencia para la familia lo que debe prevalecer (en forma de alianza) es el compromiso con los que son de tu sangre.

 

En sí, no se trata ya de un discurso necesario que nos represente a unos y otros como miembros de una misma familia, sino de lo que a lo largo del tiempo fuerza a lo que conocemos como “los lazos familiares”, transformados y puede que hasta desdibujados, pero representados positivamente.

 

Los miembros del clan crean una red de significadosvalorescreencias y actitudes que, con mayor o menor fortuna, establecen unos lazos de los que nos sentimos emocionalmente dependientes. Por el contrario, el querer cambiar el sistema de creencias familiar se convierte en detonante de la diferenciación entre los miembros de la familia, y a su vez, de desigualdades, de rechazos, sentimientos de abandono... pudiendo incluso llevar al destierro a alguno de sus miembros.

Cuando nos sentimos fuera del clan, aunque tengamos cubiertas las necesidades fisiológicas, nuestro cerebro más primitivo puede interpretar que estamos frente a un gran peligro, desprotegidos, solos. Aunque objetivamente no se trate de una situación crítica, el nivel de estrés que se genera es equiparable al de un riesgo para la vida. Después, transcurrido el tiempo y con un poco de perspectiva nos damos cuenta de que la situación no era para reaccionar tan visceralmente.

 

 

En definitiva, el sentido de pertenencia al sistema familiar, el mantenerse vinculado a los lazos del clan se configura inconscientemente como una necesidad vital y hacemos lo imposible por mantenerla, aguantando estoicamente, cueste lo que cueste… incluso la salud.

 

 

Lazos familiares, todos creemos (o casi todos) que sabemos lo que significa este concepto y continuamos apoyándonos en él, incluso cuando condescendientemente, empieza a significar todo lo contrario.

 

Ana Martínez Ginés

Foto: Anna Ortega

 

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